La trata de negros exige su sitio en la Historia

Pocos han sido los que han pedido perdón y no están entre ellos los países que se enriquecieron con ello. La trata de negros trasatlántica duró cuatro siglos y hace sólo dos que la esclavitud quedó abolida. Hoy, algunos, como Gran Bretaña, entonan un mea culpa. Imaginemos Auschwitz y Dachau, Ravesnbruck y Mauthausen, pero todo a escala inmensa, América transformada en un `universo de concentración’, el pijama a rayas impuesto a toda una raza, un lamento lúgubre hollando el Atlántico…». Palabras del escritor y poeta martiniqués Aimé Cesaire. Las palabras que resumen cuatro siglos de la historia nunca reconocida de la Humanidad, la que va del siglo XV al XIX, en que las grandes potencias mundiales de entonces traficaron y exterminaron a millones de africanos, sustentando en sus grilletes y latigazos las riquezas que hoy detentan. Durante uno de esos siglos, el puerto de Liverpool fue el principal muelle británico en el comercio de esclavos al resto del mundo, y durante los cien años que duró esa hegemonía, vio desfilar por allí a 1,5 millones de esclavos. Quizá como desagravio, la ciudad de los Beatles y del “Nunca caminarás solo” acaba de abrir las puertas del Museo Internacional de la Esclavitud, dedicado a la trata negrera trasatlántica. Lo hizo el 23 de agosto pasado, en el año del bicentenario de la abolación de la trata de esclavos en el Imperio Británico. Es uno más de los pasos que Gran Bretaña ha dado este año tan especial, en su ánimo de rescatar la memoria de lo que muchos han calificado como «holocausto negro». Entre 1450 y 1850, unos 12 millones de esclavos africanos fueron obligados a cruzar el Atlántico desde sus países de origen hacia el continente americano, y otros muchos millones más perecieron en la singladura. Por cada esclavo transportado y vendido, morían tres. Fueron necesarios más de sesenta mil viajes, de los que casi la mitad enarbolaron bandera portuguesa, seguidos en número por británicos y españoles. El comercio trasatlántico de esclavos constituyó la mayor deportación de la historia. Parte de esa historia silenciada es la que pretende mostrar este Museo radicado en el muelle Albert de Liverpool. Un proyecto avalado por la Unesco y que persigue llamar la atención internacional sobre la importancia histórica de la esclavitud, poniendo de relieve sus consecuencias en el mundo moderno. El objetivo, según sus promotores, es «interpelar la ignorancia y la no comprensión» de esos cuatrocientos años, y reflejar no sólo la faceta histórica, sino sus consecuencias. «No trata sólo sobre la dimensión histórica, sino también sobre las ramificaciones de la esclavitud, como ataques racistas recientes. Creemos que este museo luchará contra el racismo y los estereotipos culturales», ha destacado Richard Benjamin, director del nuevo museo. «Mostrará la resistencia de la población africana, que no fue pasiva en el comercio de esclavos», ha añadido. El propósito del museo es impartir educación en lugar de ser sólo un depósito de objetos con trascendencia histórica. Richard Benjamin desea que sea un aliciente para entender que la esclavitud no es sólo opresión, sino también resistencia. La muestra, además de histórica, incluye casos de abusos y discriminación contra personas negras, como el adolescente británico Anthony Walker, asesinado en 2005 tras un ataque racista. La exhibición cuenta además con historias de personajes que lucharon contra la discriminación y abuso a negros, entre ellos Malcolm X y el ex presidente sudafricano Nelson Mandela. Se acompaña también de objetos relacionados con la esclavitud, como cadenas con las que se solían amarrar a esclavos en los viajes trasatlánticos, capas y capuchas utilizadas por miembros del grupo racista Ku Klux Klan y fotografías de casos de abusos. De la esclavitud y su legalidad hablan la Biblia o el Corán, esclavos hicieron los griegos, los romanos… Pero los navegantes portugueses fueron los primeros en dedicarse durante la edad moderna a la trata de esclavos africanos. El infortunio sobre el continente negro arranca con la llegada de Cristóbal Colón a suelo americano. El Imperio español comenzó a partir de entonces el expolio de las riquezas del nuevo continente, utilizando como mano de obra a los propios indígenas, que fueron diezmados. Fue entonces cuando se recurrió a África y los portugueses los primeros en abrir aquel mercado para satisfacer sus necesidades en Brasil. Lo iniciado por los portugueses (y mucho antes por los árabes) fue muy pronto adoptado por las demás potencias coloniales. Los españoles, los holandeses, los ingleses, los franceses, los alemanes, los daneses y los norteamericanos se dedicaron en los siglos siguientes al comercio de negros. La isla de Gorée, en Senegal, hoy Patrimonio de la Humanidad, ha sido reconocida como el particular campo de concentración de esta pesadilla de siglos. Era el lugar establecido como mercado de esclavos de la costa africana. El pasillo que les conducía hacia los barcos era conocido como «el lugar de donde no se regresa». Algunos investigadores llegan a decir que entre los siglos XV y XIX el continente africano perdió más de cien millones de hombre y mujeres jóvenes. Varias regiones africanas quedaron casi despobladas. Aquel lastre aún sigue pesando como una losa en el devenir de los pueblos africanos. Embarcaciones transportando productos comerciales como armas, alcohol y caballos zarpaban de los puertos europeos con rumbo a África occidental, donde intercambiaban estos artículos por esclavos africanos. Eran esclavos que habían sido capturados en guerras o eran víctimas del creciente negocio local de captura y venta; africanos cazando africanos. Algunas regiones se convirtieron en auténticos estados militares. Después de vender a los esclavos que habían sobrevivido, los barcos volvían a Europa cargados de bienes producidos con mano de obra esclava, tales como azúcar, tabaco, algodón, ron y café. En medio de este viaje sin retorno, «una multitud de gente negra de todo tipo encadenada entre sí, con apenas espacio para moverse, viajando durante meses, mareados por el viaje, rodeados por la suciedad de los contenedores repletos de vómito, dentro de los que a menudo caen los niños, algunos sofocándose. Los alaridos de las mujeres y los lamentos de los agonizantes hacen a la escena de horror casi inconcebible», como relata la ONU. Cuatro siglos que llegaron a su fin a partir del siglo XVIII con los propios levantamientos de esclavos en el Caribe. El primero en abolir fue Dinamarca, en 1792; Gran Bretaña prohibió la `trata’ -que no la posesión- en 1807; en EEUU el debate abolicionista acabó en una guerra civil hasta 1865; España lo hizo en 1817 -aunque en la Cuba `española’ había cinco millones de esclavos aún en 1847-; el último país en abolirla fue Brasil (1888)._ Han transcurrido ya doscientos años, pero como escribió Richar Kapuscinski en esa radiografía africana titulada “Ébano”, «la huella más dolorosa y duradera la ha dejado aquella época en la memoria y la conciencia de los africanos: siglos de desprecio, humillación y sufrimiento han creado entre ellos un complejo de inferioridad y un sentimiento de daño moral jamás reparado que anida en lo profundo de sus corazones». Liberia, un país en el que los esclavos se convirtieron en esclavizadores La historia de Liberia arranca en EEUU, donde una asociación decide devolver a África a unos cuantos miles de esclavos libres, pero molestos. En 1822 es fletado un barco hacia lo que hoy es Liberia -de ahí su nombre-, adquiriendo tierra al rey de la región por seis mosquetones y una caja de abalorios. Para 1847, la comunidad de antiguos esclavos devueltos al continente ascendía a unos 6.000 habitantes. La paradoja es que esta comunidad creó una sociedad que era el vivo espejo de la que habían dejado atrás: pero ellos pasaron a ser los amos y convirtieron a la población aborigen en sus esclavos. Este monopolio del poder duró hasta 1980.

Fuente: articulo

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